Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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A menudo se dejaba caer sobre el talud de la carretera y se hundía absorto en el examen de la copia del documento, tal como él la llevaba consigo, es decir, con la sustitución de las cifras por vocales.

A menudo también, según era su costumbre, se acostaba boca abajo en la alta hierba y meditaba durante horas. Disponía de tiempo sobrado para ello. El porvenir era suyo.

Estudió, escudriñó Montivilliers, Saint-Romain, Octeville y Gonne-viüe.

Llamaba por las tardes en las casas de los campesinos y les pedía albergue. Después de cenar, fumaba y charlaba con ellos. Y hacía que le contaran las mismas historias que ellos contaban en las largas veladas de invierno.

Nada. Ninguna leyenda, ningún recuerdo en el que se tratara de cerca o de lejos de una aguja. Y volvía a emprender la marcha alegremente.

Un día pasó por la bella aldea de Saint-Jouin, que domina el mar, y bajó entre el caos de rocas desprendido del acantilado.


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