Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Luego volvió a subir a la planicie y se dirigió hacia el valle de Bruneval, hacia el cabo de Antifer, hacia la pequeña ensenada de ese mismo nombre. Caminaba alegremente y con ligereza, un poco cansado, pero tan feliz de vivir, tan dichoso, que hasta olvidaba a Lupin y el misterio de la aguja hueca, y a Sholmes, interesándose por el espectáculo de las cosas, en el cielo azul, en el ancho mar esmeralda todo resplandeciente de sol.

Lo intrigaban a veces unos taludes rectilíneos, unos restos de muros y ladrillos donde creía reconocer vestigios de campos romanos. Luego descubrió una especie de pequeño castillo, de bastante mal gusto, construido imitando un fuerte antiguo, y que estaba situado en un promontorio, despedazado, rocoso y casi desprendido del acantilado. Una puerta de reja flanqueada de fosos y de espinos cerraba el estrecho pasadizo.

A duras penas, Beautrelet consiguió penetrar. Por encima de la puerta ojival, que cerraba una vieja cerradura herrumbrosa, leyó estas palabras:

Fuerte de Fréfossé[3]

No intentó entrar y, volviendo a la derecha, después de bajar una pequeña pendiente, se internó por un sendero que corría sobre una arista de tierra provista de una rampa de madera. En el extremo había una gruta de exiguas proporciones, formando como una garita en la punta de la roca donde había sido abierta, una roca abrupta asomándose sobre el mar.


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