Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Apenas si era posible mantenerse en pie en el centro de la gruta En los muros se entrecruzaban las inscripciones. Un agujero casi cuadrado, hecho sobre la piedra, se abría en tragaluz por el lado de tierra, frente al fuerte de Fréfossé, cuya almenada cima se percibía a treinta o cuarenta metros de distancia. Beautrelet arrojó al suelo su saco de viaje y se sentó. El día había sido duro y fatigoso. Se durmió por unos momentos.
El fresco viento que circulaba por la gruta le despertó. Permaneció inmóvil un rato, distraído y con la mirada vaga. Trató de reflexionar, de aclarar su mente todavía entumecida. Y ya, más consciente, iba a levantarse, cuando tuvo la impresión de que sus ojos, fijados de súbito, desorbitados de repente, contemplaban… Le agitó un estremecimiento. Sus manos se crisparon, sintió que gruesas gotas de sudor se le formaban en las raíces de los cabellos.
—No…, no… —balbució—. ¿Es un sueño, una alucinación…? Veamos…, ¿es esto posible?
Se arrodilló bruscamente y se inclinó. Dos letras enormes, de un pie de largo cada una, aparecían grabadas en relieve sobre el granito del suelo.
Aquellas dos letras, talladas toscamente y en las que el paso de los siglos había redondeado los ángulos y patinado la superficie, eran una D y una F.