Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—¡Una D y una F! ¡Milagro desconcertante! Una D y una F eran precisamente dos letras del documento. Las dos únicas letras del documento.

No. Beautrelet no tenía siquiera necesidad de consultarlo para evocar aquel grupo de letras de la cuarta línea, la línea de las medidas y las indicaciones.

Las conocía bien. Estaban grabadas para siempre en el fondo de sus pupilas, incrustadas para siempre en la propia sustancia de su cerebro.

Se levantó, bajó por el camino escarpado, subió a lo largo del antiguo fuerte, se agarró de nuevo para pasar a los espinos del pretil y caminó rápidamente hacia un pastor cuyo rebaño pastaba en una ondulación de la planicie.

—Aquella gruta…, aquella gruta…

Sus labios temblaban y buscaban palabras que no era capaz de encontrar. El pastor le miró con asombro. Al fin repitió:

—Sí, aquella gruta…, que está allí…, a la derecha de fuerte… ¿Tiene algún nombre?

—¡Caray! Todos los de Etretat le llaman la gruta de las Señoritas.

—¿Qué?… ¿Qué?… ¿Qué dice usted?…

—Pues sí…, la cámara de las Señoritas.

Isidoro estuvo a punto de saltar sobre él y agarrarle por la garganta cual si toda la verdad radicara en aquel nombre y esperase arrancársela de un golpe…


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