Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca ¡Las Señoritas! ¡Una de las palabras, una de las dos únicas palabras conocidas del documento!
Un viento de locura hacía temblar a Beautrelet sobre sus piernas. Un viento que parecía hincharse en torno a él, soplando como una borrasca impetuosa que venía de la costa y que venía de la tierra, que venía de todas partes y le azotaba con grandes golpes de verdad… ¡Ahora comprendía! ¡El documento se le aparecía en su verdadero sentido! La cámara de las Señoritas… Etretat…
«Es eso —pensaba él con el espíritu invadido de luz—. No puede ser más que eso. Pero ¿cómo no lo adiviné antes?»
Le dijo al pastor en voz baja:
—Bien…, vete…, puedes irte…, gracias.
El hombre le silbó a su perro y se alejó.
Una vez solo, Beautrelet regresó hacia el fuerte. Ya lo había casi rebasado, cuando de pronto se arrojó a tierra y quedó allí agazapado contra un lienzo de pared. Y retorciéndose las manos pensaba:
«¡Si seré loco! ¿Y si él me ve? ¿Si sus cómplices me ven? Desde hace una hora voy… y vengo…»
No se movió. El sol se había puesto. La noche iba poco a poco mezclándose al día, sombreando las siluetas de las cosas.