Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Entonces, con menudos movimientos imperceptibles, boca abajo, deslizándose, arrastrándose, avanzó sobre una de las puntas del promontorio hasta el extremo del acantilado. Una vez llegado, con las puntas de sus manos extendidas, apartó las matas de hierba y asomó su cabeza por encima del abismo.

Frente a él, casi al nivel del acantilado, en pleno mar, se alzaba una roca enorme, con más de veinte metros de altura, formando un colosal obelisco erguido a plomo sobre su amplia base de granito que se divisaba al ras del agua y que ascendía enseguida hasta la cumbre como un diente de un gigantesco monstruo marino. Blanco como el acantilado, de un blanco gris y sucio, el espantoso monolito estaba estriado por líneas horizontales marcadas por el sílex y en las cuales se percibía el lento trabajo de los siglos acumulando unas sobre otras las capas calcáreas y las capas de guijarros.

A trechos, una fisura, una anfractuosidad, y luego, en seguida, un poco de tierra, hierba, unas hojas.

Y todo aquello era poderoso, sólido, formidable, con un aire de cosa indestructible contra la cual los asaltos furiosos de las olas y de las tempestades no podían prevalecer. Todo ello era definitivo, inmanente, grandioso, a pesar de la grandeza de la muralla de acantilados que lo dominaba; inmenso, a pesar de la inmensidad del espacio donde se erguía.


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