Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Las uñas de Beautrelet se hundían en el suelo como las garras de una bestia presta a saltar sobre su presa. Sus ojos penetraban en la capa rugosa de la roca, en su piel y hasta le parecía que en su carne. La tocaba, la palpaba, tomaba conocimiento y posesión de ella…

El horizonte se teñía de púrpura con todos los fuegos del sol ya desaparecido, y grandes nubes inflamadas, inmóviles en el cielo, formaban magníficos paisajes, lagunas irreales, llanuras en llamas, bosques de oro, lagos de sangre…, toda una fastasmagoría ardiente y quieta.

El azul del cielo se ensombreció. Venus brillaba con un resplandor maravilloso… Luego se encendieron las estrellas aún tímidas.

Y Beautrelet, de pronto, cerró los ojos y apretó convulsivamente contra su frente sus brazos plegados. Allá abajo… —¡oh!, creía morir de gozo, la emoción era a tal punto cruel, que estrujaba su corazón—, allá abajo, casi en lo alto de la Aguja de Etretat, por debajo de la punta extrema en torno a la cual revoloteaban las gaviotas, un ligero humo que rezumaba de una grieta, un ligero hilo de humo, subía en lentas espirales en el aire quieto del crepúsculo.


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