Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Es el asilo y es también el formidable escondrijo. Todos los tesoros de los reyes, engrosados de siglo en siglo, todo el oro de Francia, todo lo que se extrae del pueblo, todo lo que se arranca al clero, todo el botÃn recogido sobre los campos de batalla de Europa, está en la caverna real donde se amontona. Viejas monedas de oro, escudos relucientes, doblones, florines y guineas, y las piedras, los diamantes y todas las joyas…, todo está allÃ. ¿Quién lo descubrirá? ¿Quién sabrá jamás el impenetrable secreto de la aguja? Nadie.
—SÃ…, alguien…, Lupin.
Y Lupin se convierte en esa especie de ser verdaderamente desproporcionado que se conoce, ese milagro imposible de explicar mientras la verdad permanezca en la sombra. Por infinitos que sean los recursos de su genio, no pueden bastarle para la lucha que él sostiene contra la sociedad. Necesitaba otros que sean más materiales. Es precisa la retirada segura, es precisa la certidumbre de la impunidad, la paz que permite la ejecución de los planes.
Sin la aguja hueca, Lupin es incomprensible, es un mito, un personaje de novela, sin relación con la realidad. Dueño del secreto, ¡y de qué secreto!, es un hombre como los otros, simplemente, pero que sabe manejar de manera superior el arma extraordinaria de que el destino le ha dotado.