Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —SÃ, una gorra de cuero amarillo, al parecer.
—¿De cuero amarillo? No puede ser, porque está aquÃ.
—En efecto, señor juez de instrucción, pero la suya es igual.
El fiscal suplente sonrió ligeramente con sorna.
—¡Muy gracioso! ¡Muy divertido! Hay dos gorras… Una, que era la verdadera y que constituÃa nuestro único elemento de prueba, se fue sobre la cabeza del seudochofer. La otra, la falsa, la tiene usted entre las manos. ¡Ah! Ese magnÃfico sujeto nos la ha jugado con limpieza.
—¡Que lo capturen! ¡Que lo traigan aquÃ! —gritó el señor Filleul—. Brigadier Quevillon, que salgan dos de sus hombres a caballo y a galope.
—Ya está lejos —comentó el fiscal suplente.
—Por lejos que esté, es del todo preciso que le echen la mano.
—Yo asà lo espero, pero creo, señor juez de instrucción, que nuestros esfuerzos deben concentrarse sobre todo aquÃ. Tenga la bondad de leer el papel que acabo de encontrar en los bolsillos del abrigo.
—¿De qué abrigo?
—El del chofer.