Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Pero como yo tendré allà media docena de barcas de pesca, cada una de las cuales estará mandada por uno de mis hombres, será detenido.
—Siempre que no pase por entre sus barcas como pasa un pez por entre las mallas de una red.
—Sea, pero entonces lo hago hundir al fondo del mar.
—¡Diablo! ¿Con cañones?
—¡Dios santo, sÃ! En este momento se encuentra en el Havre un torpedero. A una llamada telefónica mÃa desde aquà se encontrará a la hora convenida en las inmediaciones de la Aguja.
—¡Qué orgulloso se sentirá Lupin! Un torpedero… Vamos, ya veo, señor Ganimard, que usted lo tiene todo previsto. Ya no queda más que ponerse en marcha. ¿Cuándo nos lanzamos al asalto?
—Mañana. En pleno dÃa, con la marea creciente, a eso de las diez.
Bajo una apariencia de alegrÃa, Beautrelet ocultaba una real angustia. Hasta el dÃa siguiente no se durmió, agitado por las ideas de los planes más irrealizables. Ganimard se habÃa separado de él para dirigirse a una docena de kilómetros de Etretat, a Yport, donde, por prudencia, habÃa dado cita a sus hombres, y donde fletó doce barcas de pesca con objeto, hizo saber, de realizar sondeos a lo largo de la costa.