Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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A las nueve y tres cuartos, escoltado por doce hombrachones, acudió a encontrarse con Beautrelet al fondo del camino que sube sobre el acantilado. A las diez exactamente llegaban ante el lienzo de pared. Era, pues, esta vez, el momento decisivo.

—¿Qué es lo que te ocurre, Beautrelet? Estás verde —le dijo en broma Ganimard, tuteando al joven a modo de burla.

—Y usted, señor Ganimard —respondió Beautrelet—, se diría que ha llegado su última hora.

Tuvieron que sentarse, y Ganimard tomó unos tragos de ron.

—No es el miedo —dijo—; pero ¡caray!, qué emoción. Cada vez que tengo que tratar de agarrarlo, siento esto en las entrañas. Y ahora, abran. No hay peligro de que nos vean, ¿eh?

—No. La Aguja está más baja que el acantilado, y además nos encontramos en un repliegue del terreno.

Beautrelet se acercó a la pared y maniobró en el ladrillo. Se produjo el desprendimiento y apareció la entrada al subterráneo. A la luz de las linternas vieron que el túnel estaba perforado en forma de bóveda y que aquella bóveda, lo mismo, por lo demás, que el propio suelo, era enteramente de ladrillos.


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