Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Sí, usted, Beautrelet. Vaya. Yo quedaré con mis hombres… Así no habrá nada que temer. Puede haber también otros caminos además del que nosotros hemos seguido por el acantilado, y también varios caminos dentro de la Aguja. Pero a buen seguro, entre el acantilado y la Aguja no hay más comunicación que el túnel. Por consiguiente, es preciso pasar por esta gruta. Por tanto, me instalo aquí hasta que usted regrese. Vaya, Beautrelet…, y prudencia… A la menor, alarma, llame…

Rápidamente, Isidoro desapareció por la escalera de en medio. En el peldaño treinta le cerró el paso una puerta. Echó mano al pomo de la cerradura y lo hizo girar. La puerta no estaba cerrada.

Penetró en una sala que le pareció muy baja, tan enorme era. Iluminada por lámparas y sostenida por recios pilares, por entre los cuales se abrían profundas perspectivas, aquella sala debía tener las mismas dimensiones de la Aguja. Estaba llena de cajas y de una multitud de objetos, muebles, sillas, arcas, aparadores, cofres, todo en confusión cual se ve en los sótanos de los comerciantes de antigüedades. A derecha e izquierda, Beautrelet divisó el orificio de dos escaleras que correspondían, sin duda alguna, a las mismas que arrancaban de la gruta inferior. Tendría entonces que volver a bajar para avisar a Ganimard. Pero frente a él vio otra nueva escalera ascendente, y entonces prosiguió solo sus investigaciones.


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