Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Todavía treinta peldaños más. Una puerta, luego una sala menos vasta. Y siempre, enfrente, una escalera ascendente.

Otros treinta peldaños más. Otra puerta. Y una sala más pequeña…

Beautrelet comprendió el plano de las obras ejecutadas en el interior de la Aguja. Era una serie de salas superpuestas y, en consecuencia, cada vez más reducidas. Todas servían de almacenes.

En la cuarta ya no había rampa. Algo de la luz del día se filtraba por las hendiduras, y Beautrelet pudo divisar el mar a una docena de metros por debajo de él.

En ese instante se sintió tan alejado de Ganimard que lo invadió cierta angustia y tuvo necesidad de dominar sus nervios para no echar a correr con todas sus fuerzas. Sin embargo, no le amenazaba ningún peligro. E incluso en torno a él reinaba tal silencio, que se preguntaba si la Aguja entera no habría sido abandonada.

«En el último piso me detendré», se dijo.


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