Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Treinta peldaños más, como siempre, y luego una puerta, ésta más ligera y de aspecto más moderno. La empujó dispuesto a huir. Nadie. Pero esta sala difería de las otras como un punto final. En las paredes, tapices; en el suelo, alfombras. Dos aparadores magníficos hacían juego cargados de orfebrería. Las pequeñas ventanas abiertas en las hendiduras estrechas y profundas estaban provistas de cristales.

En medio de la estancia había una mesa ricamente servida con un mantel de encaje, compoteras con frutas y pastelería, botellas de champán y flores…, montones de flores.

En torno a la mesa tres cubiertos.

Beautrelet se acercó. Sobre las servilletas había tarjetas con los nombres de los invitados.

Primero leyó: «Arsenio Lupin».

Enfrente: «Señora de Arsenio Lupin».

Tomó la tercera tarjeta y tuvo un sobresalto de asombro. Ésta llevaba su nombre: «Isidoro Beautrelet».


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