Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —¿Quién se inscribirá de ahora en adelante? —prosiguió—. ¡Ay!, la lista ya está cerrada. De César a Lupin, y eso es todo. Muy pronto será la multitud anónima la que vendrá a visitar esta extraña ciudadela. ¡Y decir que sin Lupin todo esto hubiera permanecido ignorado para siempre jamás para los hombres! ¡Ah, Beautrelet, el dÃa que yo puse los pies sobre este suelo abandonado, qué sensación de orgullo experimenté! Encontrar el secreto perdido y convertirme en amo de él, en su único amo. Recibir tamaña herencia. Después de tantos reyes, vivir en la Aguja…
Un gesto de su esposa lo interrumpió. ParecÃa muy agitada.
—Se oye ruido…, ruido debajo de nosotros… ¿Lo oyes?…
—Es el chapoteo del agua —dijo Lupin.
—No…, no… El ruido de las olas lo conozco… Es otra cosa…
—¿Qué quieres que sea, querida mÃa? —respondió Lupin riendo—. Yo no he invitado a almorzar más que a Beautrelet.
Y dirigiéndose al criado añadió:
—Charoláis, ¿cerraste las puertas de la escalera después que entró el señor?
—SÃ, les eché el cerrojo.
Lupin se levantó y dijo: