Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Vamos, Raimunda, no tiembles así… Estás completamente pálida.

Le dijo unas palabras en voz baja, lo mismo que al criado, levantó las cortinas y los hizo salir a ambos.

Abajo el ruido era ahora más pronunciado. Eran unos golpes sordos que se repetían a intervalos iguales. Beautrelet pensó: «Ganimard ha perdido la paciencia y está rompiendo las puertas».

Con absoluta calma y cual si verdaderamente no hubiera oído los golpes, Lupin prosiguió:

—Por ejemplo, la Aguja estaba muy deteriorada cuando yo logré descubrirla. Bien se veía que nadie había poseído el secreto desde hacía un siglo…, desde Luis XVI y la Revolución. El túnel amenazaba ruina. Las escaleras se estaban haciendo polvo. El agua se filtraba al interior. Tuve que apuntalar, consolidar, reconstruir.

Beautrelet no pudo menos que decir.

—¿Y a la llegada de usted esto estaba vacío?

—Casi. Los reyes no debieron seguramente utilizar la Aguja conforme yo lo he hecho, como depósito…

—¿Y como refugio, entonces?…

—Sí, sin duda, en los tiempos de invasiones e igualmente en las épocas de guerras civiles. Pero su verdadero destino fue… ¿cómo diría yo?, el de caja fuerte de los reyes de Francia.


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