Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Los golpes se redoblaban, ahora ya menos sordos. Ganimard había roto, sin duda, la primera puerta y estaba dedicado a atacar la segunda.

Hubo un silencio y luego se escucharon otros golpes ya más cercanos. Era la tercera puerta. Quedaban todavía dos.

Por una de las ventanas Beautrelet divisó las barcas que singlaban en torno a la Aguja, y, no lejos de ellas, flotando como un gigantesco pez negro, el torpedero.

—¡Qué estrépito! —exclamó Lupin—. No oímos nuestra conversación. Subamos, ¿quieres? Quizá te interese visitar aquello.

Pasaron al piso superior, el cual estaba defendido, como los otros, por una puerta que Lupin cerró tras de él.

—Éste es mi museo de cuadros —dijo.

Los muros estaban cubiertos de telas, en las cuales Beautrelet leyó en seguida las firmas más ilustres. Había allí La Virgen y el Agnus Dei, de Rafael; el Retrato de Lucrecia Pede, de Andrés del Sarte; la Salomé de Ticiano, La Virgen y los Ángeles, de Botticelli, así como también Tintorettos, Carpaccios, etc.

—¡Qué hermosas copias! —comentó aprobadoramente Beautrelet.

Lupin lo miró con aire estupefacto y contestó:


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