Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—¡Cómo copias! ¿Estás loco? Querido mío, las copias están en Madrid, en Florencia, en Venecia, en Munich, en Amsterdam…

—¿Cómo puede ser eso?

—Porque las telas originales, coleccionadas pacientemente en todos los museos de Europa, las he reemplazado yo honradamente por excelentes copias.

—Pero un día u otro…

—¿Que un día u otro será descubierto el fraude? Pues bien: entonces encontrarán mi firma en cada una de las telas, al dorso, y se sabrá que fui yo quien doté a mi país de obras maestras originales. Después de todo, yo no he hecho más que lo que Napoleón hizo en Italia… ¡Ah!, mira, Beautrelet, aquí están los Rubens del señor de Gesvres…

Los golpes no cesaban de oírse en la cumbre de la Aguja.

—Esto ya es insoportable —dijo Lupin—. Subamos todavía más.

Una nueva escalera. Una nueva puerta.

—Ésta es la sala de los tapices —anunció Lupin.

Los tapices no estaban colgados, sino enrollados, atados con cordel, provistos de etiquetas y mezclados con paquetes de telas antiguas que Lupin desplegó. Se trataba de brocados maravillosos, de terciopelos admirables, de sedas ligeras de tonos pálidos, tisús de oro…


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