Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Subieron todavía más, y Beautrelet contempló entonces la sala de los relojes y de los péndulos, la sala de los libros (¡oh, aquellas magníficas encuadernaciones, y qué preciosos volúmenes!), la sala de los bordados y la de objetos diversos…

Y cada vez que subían más, el círculo de la sala iba disminuyendo. Y cada vez también el ruido de los golpes se alejaba. Ganimard perdía terreno.

—Y la última —dijo Lupin— es la sala del tesoro.

Esta sala era completamente diferente. Redonda también, pero muy alta y de forma cónica, ocupaba la cima del edificio, y su base debía encontrarse a quince o veinte metros de la punta extrema de la Aguja.

Por el lado del acantilado no había ventana alguna. Pero por el lado del mar, como no era de temer ninguna mirada indiscreta, se abrían dos huecos de ventanas con cristales, por donde penetraba la luz abundantemente. El suelo estaba cubierto por un piso hecho de maderas raras y preciosas, con dibujos concéntricos. A lo largo de las paredes se veían vitrinas y algunos cuadros.


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