Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Son perlas de mis colecciones —dijo Lupin—. Todo cuanto has visto hasta ahora está a la venta. Unos objetos se van y otros vienen. Es el oficio. Pero aquí, en este santuario, todo es sagrado. Mira estas joyas, Beautrelet. Amuletos caldeos, collares egipcios, brazaletes celtas… Mira estas estatuillas, Beautrelet, esta Venus griega, este Apolo de Corinto… Mira estas Tanagras, Beautrelet. Fuera de esta vitrina no existe un solo ejemplar en el mundo que sea auténtico. ¡Qué gozo en poder decirme eso! Beautrelet, ¿recuerdas los saqueadores de iglesias del Midi, la banda de Thomas? Eran agentes míos, en verdad sea dicho. Pues bien: aquí está la Caza de Ambazac, la verdadera, Beautrelet. ¿Recuerdas el escándalo del Louvre, la tiara que resultó falsa?… Aquí está la tiara de Saitafarnés, la verdadera, Beautrelet. Y he aquí la maravilla de las maravillas, la obra suprema, el pensamiento de un dios… Aquí está la Gioconda, la verdadera. ¡Ponte de rodillas, Beautrelet!

Hubo un silencio entre ellos. Abajo, los golpes volvían a acercarse. Quedaban dos o tres puertas, ni una más, separándolos de Ganimard.

En la costa se divisaba el lomo negro del torpedero y las barcas que cruzaban. El joven preguntó:

—¿Y el tesoro?


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