Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—¡Ah!, hijo mío, es eso, sobre todo, lo que te interesa. Y la multitud será lo mismo que tú… Bueno, date ya por satisfecho.

Golpeó violentamente el suelo con el pie e hizo moverse uno de los discos que componían el piso, y levantándolo como si fuera la tapadera de una cuba puso al descubierto una especie de tina completamente redonda, excavada en la propia roca. Estaba vacía. Un poco más lejos realizó la misma maniobra. Apareció otra tina. Estaba igualmente vacía. Tres veces más repitió la maniobra y otras tres tinas aparecieron vacías.

—¡Ah! —dijo Lupin con ironía—. ¡Qué decepción! Bajo Luis XI, bajo Enrique IV, bajo Richelieu, las cinco tinas debían estar llenas, pero piensa en Luis XIV, en Versalles, en la guerras, en los grandes desastres del reino. Y piensa en la Pompadour, en la Du Barry. ¡Cómo debieron extraer oro de aquí! ¡Con qué uñas afiladas debieron raspar esta piedra! Ya ves, nada queda…

Se detuvo y añadió:

—Sí, Beautrelet, queda todavía algo: el sexto escondrijo. Pero éste es intangible… Ninguno de ellos osó tocarlo. Era el supremo recurso…, digamos que era algo así como la pera para calmar la sed. Mira, Beautrelet.


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