Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Se agachó y levantó la tapadera. Un cofre de hierro llenaba el hueco. Lupin sacó de su bolsillo una llave de moldura hueca y complicadas ranuras y abrió el cofre.
Surgió como un resplandor. Todas las piedras preciosas despedían sus rayos, flameaban todos los colores…, el fuego de los rubíes, el verde de las esmeraldas, el sol de los topacios.
—Mira, pequeño Beautrelet. Devoraron todas las monedas de oro, todas las monedas de plata, todos los escudos, todos los ducados y todos los doblones, pero el cofre de piedras quedó intacto. Mira las monturas. Las hay de todas las épocas, de todos los siglos, de todos los países. Las dotes de las reinas están aquí. Cada una aportó su parte, Margarita de Escocia y Carlota de Saboya, María de Inglaterra y Catalina de Médicis, y todas las archiduquesas de Austria, Eleonora Isabel, María Teresa, María Antonieta… ¡Mira estas perlas, Beautrelet! ¡Y estos diamantes! No hay uno solo entre ellos que no sea digno de una emperatriz. El Regente de Francia no es más hermoso.
Se levantó, extendió la mano en señal de juramento y dijo: