Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Beautrelet: tú le dirás al universo entero que Lupin no tomó ni una sola de estas piedras que se encontraban en la caja fuerte…, ni una sola… Lo juro por mi honor. Yo no tenÃa derecho a hacerlo. Era la fortuna de Francia…
Abajo, Ganimard se daba prisa. Por la repercusión de los golpes era fácil juzgar que estaba atacando la penúltima puerta, la sala de los objetos diversos.
—Dejemos abierto el cofre —dijo Lupin—, y todas las tinas también, todos esos pequeños sepulcros vacÃos…
Dio vuelta a la estancia, examinó algunas vitrinas, contempló ciertos cuadros, y luego, paseándose con aire pensativo, dijo:
—¡Qué triste es tener que abandonar todo esto! ¡Qué desconsuelo! Mis horas más hermosas las he pasado aquÃ, solo frente a estos objetos que nunca… Y mis ojos ya no volverán a verlos jamás, y mis manos no volverán a tocarlos jamás.
En su rostro contraÃdo habÃa una expresión tan grande de pena, que Beautrelet experimentó una confusa piedad por él. El dolor en aquel hombre debÃa adquirir proporciones más grandes que en otro, lo mismo que la alegrÃa, el orgullo o la humillación.
Cerca de la ventana, y con el dedo extendido dijo: