Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Pero, en fin, señor —exclamó el juez con cierta brusquedad—, no pretenderá usted guardar el incógnito después de haberse introducido aquà valiéndose de la astucia y haberse enterado de los secretos de la Justicia.
—Le agradecerÃa que observara, señor juez de instrucción, que usted no me preguntó nada cuando vine, y que, por consiguiente, yo nada tenÃa que decir. Además, no me ha parecido que la investigación fuese secreta, puesto que todo el mundo asistió a ella…, incluso uno de los culpables.
Hablaba despacio, con un tono de delicadeza infinito. Era un hombre muy joven, muy alto y muy delgado, vestido con un pantalón demasiado corto y una chaqueta demasiado estrecha. TenÃa un rostro sonrosado de muchacha, una ancha frente y sobre ella una cabellera cortada en cepillo, y la barba rubia y mal cortada. Sus ojos brillaban de inteligencia. Y no parecÃa en modo alguno turbado, sonriendo con una sonrisa simpática en la que no habÃa asomo alguno de ironÃa.
El señor Filleul le observaba con agresivo desafÃo. Los dos gendarmes se acercaron. El joven exclamó alegremente:
—Está claro, señor juez de instrucción, que usted sospecha que yo soy uno de los cómplices. Pero si asà fuese, ¿no me hubiera yo escabullido en el momento oportuno, siguiendo el ejemplo de mi camarada?