Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Los golpes se precipitaban. Se hubiera dicho que se estaba produciendo el choque de una viga contra la puerta. En pie frente a Lupin, Beautrelet, absorto de curiosidad, esperaba los acontecimientos sin comprender el juego de Lupin. Que hubiera entregado la aguja, sea; pero ¿por qué se entregaba él mismo? ¿Cuál era su plan? ¿Esperaba aún poder escapar de Ganimard?

Mientras tanto, Lupin, soñador, murmuraba:

—Honrado… Arsenio Lupin, honrado… Ya nada de robos…, llevar la vida de todo el mundo… ¿Y por qué no? No hay razón alguna para que yo no alcance el mismo éxito… Pero ¡déjame en paz, Ganimard! Ignoras, triple idiota, que en estos momentos estoy pronunciando palabras históricas y que Beautrelet las recoge para nuestros nietos.

Se echó a reír, añadiendo:

—Estoy perdiendo el tiempo. Ganimard jamás sería capaz de comprender la utilidad de mis palabras históricas.

Tomó un trozo de tiza roja, acercó a la pared un taburete y escribió con grandes letras:

«Arsenio Lupin lega a Francia todos los tesoros de la Aguja hueca, con la única condición de que esos tesoros sean instalados en el Museo del Louvre, en salas que llevarán el nombre de Salas de Arsenio Lupin».

—Ahora, mi conciencia ya está tranquila. Francia y yo quedamos en paz.


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