Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Los invasores golpeaban con todas sus fuerzas. Un panel de la puerta reventó. Una mano pasó por el agujero buscando la cerradura.
—¡Rayos y truenos! —exclamó Lupin—. Ganimard es capaz de alcanzar su objeto por una vez.
Saltó sobre la cerradura y arrancó de ella la llave.
—Anda, viejo, que esta puerta es sólida… Dispongo de tiempo… Beautrelet, te digo adiós… Y gracias…, porque verdaderamente tú hubieras podido complicar el ataque…, pero eres delicado…
Se dirigió hacia un gran trÃptico de Van den Weiden que representaba los Reyes Magos. Plegó la tabla de la derecha y dejó asà al descubierto una pequeña puerta, cuyo pomo agarró.
—Que hagas una buena caza, Ganimard.
Sonó un disparo. Lupin saltó hacia atrás, gritando:
—¡Ah!, canalla, en pleno corazón. ¿Has tomado entonces lecciones? Estropeaste al rey mago. Le diste en pleno corazón. Has fracasado como un payaso de feria.
—¡RÃndete, Lupin! —aulló Ganimard, cuyo revólver asomaba por el panel reventado y cuyos brillantes ojos se distinguÃan—. ¡RÃndete, Lupin!
—¿Y la guardia, acaso se rinde?
—Si te mueves, te abraso…
—No puedes alcanzarme aquÃ.