Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca De hecho Lupin se habÃa alejado, y aun cuando Ganimard, por la brecha abierta en la puerta, podÃa disparar recto frente a él, no podÃa, en cambio, apuntar hacia el lado donde se encontraba Lupin… Pero no por ello la situación de este último era menos terrible, pues la salida con la cual contaba, la puerta del trÃptico, quedaba frente a Ganimard. Intentar huir equivalÃa a exponerse al fuego del policÃa…
—¡Diablos! —dijo Lupin, riendo—. Mis acciones están en baja. Te está bien hecho, amigo Lupin, por haber tirado tanto de la cuerda. No debieras haber charlataneado tanto.
Se aplastó contra el muro. Los esfuerzos de los invasores hicieron que cediese otro panel más de la puerta. Sólo tres metros, ni uno más, separaban a los dos adversarios. Pero una vitrina de madera dorada protegÃa a Lupin.
—¡A mÃ, Beautrelet! —gritó el viejo policÃa que rechinaba de rabia—. Tira de una vez en lugar de estarte ahà de curioso…
Isidoro, en efecto, no se habÃa movido, permaneciendo como espectador apasionado, pero indeciso. Con todas sus fuerzas, hubiera querido mezclarse en la lucha y derribar la presa que tenÃa a su merced. Pero un oscuro sentimiento se lo impedÃa.
El grito de Ganimard le sacudió. Su mano se crispó sobre la culata de su revólver.