Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca «Si tomo partido —pensó—, Lupin está perdido…, y es mi deber…»
Sus ojos se encontraron con los de Lupin. Los de éste estaban tranquilos, atentos, casi curiosos, cual si en medio del terrible peligro que le amenazaba no se interesase más que por el problema moral que dominaba al joven. ¿Se decidirÃa Isidoro a darle el tiro de gracia al enemigo vencido?… La puerta crujió de arriba abajo.
—¡A mÃ, Beautrelet, ya le tenemos! —vociferó Ganimard.
Isidoro alzó su revólver.
Lo que luego ocurrió se desarrolló con tal rapidez, que Isidoro ya no se dio cuenta de todo sino más tarde. Vio a Lupin agacharse, correr a lo largo del muro, pasar a ras ante la puerta, por debajo mismo del arma que empuñaba vanamente Ganimard, e Isidoro se sintió derribado a tierra, apresado y nuevamente en el aire por una fuerza invencible.
Lupin le tenÃa en el aire como un escudo viviente, detrás del cual él se ocultaba.
—¡Diez contra uno a que me escapo, Ganimard! Lupin, ya sabes, tiene siempre recursos…