Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca HabÃa retrocedido rápidamente hacia el trÃptico. Sosteniendo con una mano a Beautrelet oprimido contra su pecho, con la otra desprendió el cierre de la pequeña puerta y salió por ella, volviendo a cerrarla detrás de sÃ. Estaba salvado… Inmediatamente surgió ante ellos una escalera que bajaba de improviso.
—Vamos —dijo Lupin, empujando a Beautrelet delante de él—. El ejército de tierra está derrotado…, ahora ocupémonos de la flota francesa. Después de Waterloo, Trafalgar… Vas a recibir tu merecido, pequeño… ¡Ah, qué divertido! Ahà están golpeando ahora en el trÃptico… Demasiado tarde, muchachos… Anda de una vez, Beautrelet…
La escalera, abierta en la pared de la Aguja, en su propia corteza, iba girando en torno a la pirámide, envolviéndola como la espiral de un tobogán.
Lupin apremió al joven y bajaron a toda prisa los peldaños de dos en dos y de tres en tres. A trechos surgÃa una luz brillante por una hendidura de la pared, y Beautrelet percibÃa la visión de las barcas de pesca que evolucionaban a unas decenas de brazas, asà como el negro torpedero…
Bajaron, bajaron… Isidoro silencioso, Lupin siempre exuberante.