Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Quisiera saber lo que hace Ganimard. ¿Estará corriendo por las otras escaleras abajo para cerrarme el camino en la entrada del túnel? No, no es tan tonto como todo eso… Habrá dejado allà cuatro hombres…, que ya es bastante.
Se detuvo.
—Escucha… gritan allá arriba…, eso es. Habrán abierto la ventana y le gritan a su flota llamándola… Mira, en las barcas se preparan…, cambian señales…, el torpedero se mueve… ¡Valiente torpedero! Te reconozco, vienes de El Havre… Cañoneros, a sus puestos… ¡Caray!, el comandante… Buenos dÃas, Duguay-Trouin.
Metió el brazo por la ventana y agitó un pañuelo. Luego reanudó la marcha.
—La flota enemiga rema con todas sus fuerzas —dijo—. El abordaje es inminente. ¡Dios Santo, cuánto me divierto!
Oyeron el ruido de voces por encima de ellos. En ese momento se aproximaban al nivel del mar y desembocaron casi inmediatamente en una vasta gruta donde dos linternas iban y venÃan en la oscuridad. Surgió una sombra, y una mujer se precipitó al cuello de Lupin.
—¡Pronto! ¡Pronto! Estaba inquieta… ¿Qué es lo que hacÃas?… Pero no vienes solo…
Lupin la tranquilizó.