Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Es nuestro amigo Beautrelet… Figúrate que nuestro amigo Beautrelet tuvo la delicadeza…; bueno, ya te lo contaré…, ahora no tenemos tiempo… ¿Charoláis, estás ah�… ¡Ah, muy bien!… ¿Y la embarcación?…
—La embarcación está lista —respondió Charoláis.
—Alumbre —dijo Lupin.
Al cabo de unos segundos trepidó el ruido de un motor, y Beautrelet, cuya mirada se iba acostumbrando poco a poco a las semitinieblas, acabó por darse cuenta de que se encontraba en una especie de muelle, a la orilla del agua, y que ante ellos flotaba una canoa.
—Una canoa automóvil —dijo Lupin, completando asà las observaciones de Beautrelet—. ¡Ah!, todo esto te asombra, mi buen Isidoro… ¿No comprendes?… Como el agua que estás viendo no es otra que el agua del mar que se infiltra en cada marea en esta excavación, el resultado es que tengo aquà una pequeña rada invisible y segura…
—Pero cerrada —repuso Beautrelet—. Nadie puede entrar en ella ni nadie puede salir.
—SÃ, yo —dijo Lupin—, y voy a probarlo.
Llevó primero a Raimunda, y luego regresó a buscar a Beautrelet. Éste titubeó.
—¿Tienes miedo? —le dijo Lupin.
—¿De qué?