Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—¿De ser hundido por el torpedero?

—No.

—Entonces te preguntas si tu deber no es quedarte al lado de Ganimard, de la justicia, la sociedad, la moral, en lugar de irte al lado de Lupin, que es la vergüenza, la infamia, la deshonra.

—Precisamente.

—Por desgracia, pequeño, no tienes opción… Por el momento es preciso que nos crean muertos a los dos… y que me dejen en paz…, esa paz que le deben a un futuro hombre honrado.

Por la forma en que Lupin le agarró de los brazos, Beautrelet comprendió que toda resistencia era inútil, Y además, ¿para qué resistir? ¿Acaso no tenía derecho a abandonarse a la simpatía irresistible que, a pesar de todo, este hombre le inspiraba? Ese sentimiento era tan claro en él, que hasta sintió deseos de decirle a Lupin:

«Escuche, usted corre otro grave riesgo: Herlock Sholmes anda sobre la pista de usted…».

—Hala, vente —le dijo Lupin, ya antes de que él se resolviera a hablarle.

Obedeció y se dejó llevar hasta la canoa, cuya forma le pareció extraña y de un aspecto completamente imprevisto.


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