Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Ya sobre el puente de la embarcación, bajaron los peldaños de una pequeña escalera abrupta, que era más bien una escala, la cual estaba enganchada a una trampa, y ésta se cerró detrás de ellos.

Al fondo de la escala, vivamente alumbrado por una lámpara, había un reducto de dimensiones muy exiguas donde ya se encontraba Raimunda y donde no disponían de más espacio que el indispensable para sentarse los tres. Lupin descolgó una bocina acústica, y ordenó:

—En marcha, Charoláis.

Isidoro sintió la impresión desagradable que se experimenta al bajar en un ascensor, la impresión que el suelo, la tierra, se escapa debajo de nosotros, la impresión del vacío. Esta vez era el agua la que escapaba y el vacío el que penetraba, por así decir, lentamente…

—¡Eh! ¿Nos estamos hundiendo? —dijo en broma Lupin—. Tranquilízate… Es sólo el tiempo de pasar de la gruta superior en donde nos encontramos, a una pequeña gruta situada completamente al fondo, medio abierta al mar y en la que puede penetrarse con la marea baja…; todos los pescadores de marisco la conocen… ¡Ah!, diez segundos de parada…, ya pasamos…, y el pasaje es estrecho…, exactamente del tamaño de nuestros submarinos.


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