Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Sin embargo, la embarcación avanzaba veloz. Los campos de arena habían sucedido a los de rocas, y luego casi inmediatamente vinieron nuevas rocas, que señalaban la punta recta de Etretat, la puerta de Amont. Los peces huían al aproximarse la embarcación. Uno de ellos, más audaz, se pegó a la bóveda de la embarcación y a través del cristal los miraba con sus grandes ojos inmóviles y fijos.

Lupin llamó a Charoláis.

—Subamos, ya no hay peligro…

Subieron a la superficie, y la cúpula de cristal salió al exterior… Se encontraban a una milla de la costa y, por tanto, fuera de la vista de sus perseguidores. Beautrelet pudo entonces darse cuenta más exacta de la rapidez vertiginosa con que avanzaban.

Primero pasó ante ellos Fécamp, y luego todas las playas normandas de Saint-Pierre, las Petites-Daíles, Veulettes, Saint-Valery, Veules, Quiberville.

Lupin continuaba bromeando, e Isidoro no se cansaba de observarle y de oírle, maravillado por el verbo de aquel hombre, su alegría, su pillería, su despreocupación irónica, su alegría de vivir.


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