Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Y observaba también a Raimunda. La joven permanecía silenciosa, apretada contra aquél a quien amaba. Había tomado las manos de él entre las suyas, y a menudo alzaba los ojos para contemplarle, y en varias ocasiones Beautrelet observó que sus manos se crispaban un poco y que la tristeza de sus ojos se acentuaba. Y cada vez era como una respuesta muda y dolorosa a las ocurrencias de Lupin. Hubiérase dicho que aquella ligereza de sus palabras, aquella visión sarcástica de la vida le causaban sufrimiento.

—Cállate… —murmuró ella—, eso de reírte así es desafiar al Destino… Pueden esperarnos tantas desgracias…

Frente a Dieppe tuvieron que sumergirse de nuevo, para no ser vistos por las embarcaciones de pesca. Veinte minutos más tarde doblaron hacia la costa, y la embarcación penetró en un pequeño puerto submarino formado por un corte regular entre las rocas, se situó a lo largo de un muelle y ascendió despacio a la superficie.

—Estamos en Puerto Lupin —anunció Arsenio.

Aquel lugar, situado a cinco leguas de Dieppe y a tres leguas de Tréport, se hallaba protegido a derecha e izquierda por dos hundimientos del acantilado y estaba absolutamente desierto. Una arena muy fina tapizaba las pendientes de la pequeña playa.


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