Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Después de subir la escala apareció como una angostura, como un torrente abrupto excavado por las aguas de las lluvias y al fondo del cual habÃa una especie de escalera provista de una rampa. Conforme Lupin se lo explicó, esa rampa habÃa sido colocada para sustituir a una larga cuerda amarrada a unas estacas y con la cual antaño se ayudaban las gentes del paÃs para bajar a la playa… Ascendieron durante cerca de media hora y desembocaron en la llanura, no lejos de una de esas cabañas abiertas en plena tierra y que sirven de abrigo a los aduaneros de la costa. Y precisamente, cuando doblaban en un recodo del camino, apareció un aduanero.
—¿Nada de nuevo, Gomel? —le preguntó Lupin.
—Nada, jefe.
—¿Ningún sospechoso?
—No, jefe…; sin embargo…
—¿Qué?
—Mi esposa, que es costurera en Neuvillette…
—SÃ, ya sé… Cesarina… ¿Y qué?
—Vio a un marinero que rondaba esta mañana…
—¿Qué cara tenÃa ese marinero?
—Nada natural… Una cara de inglés.
—¡Ah! —exclamó Lupin, preocupado—. Y tú le diste la orden a Cesarina de…
—De abrir los ojos, sÃ, jefe.