Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Está bien. Vigila el regreso de Charoláis de aquà a dos o tres horas… Si ocurre algo, estoy en la granja.
Reanudó la marcha, y le dijo a Beautrelet:
—Esto es inquietante… ¿Será Herlock Sholmes? ¡Ah!, si es él, furioso como debe estar, hay que temerlo todo.
Dudó un momento, y añadió:
—Me pregunto si no serÃa mejor que nos volviéramos…; sÃ, tengo malos presentimientos…
Las llanuras ligeramente onduladas se desenvolvÃan hasta perderse de vista. Un poco a la izquierda, unas bellas avenidas de árboles conducÃan hacia la granja de Neuvillette, cuyos edificios se divisaban ya… Era el retiro que él habÃa preparado, el asilo de descanso prometido a Raimunda. ¿Acaso, por unas ideas absurdas, iba a renunciar a la felicidad en el mismo instante en que alcanzaba el objetivo?
Tomó del brazo a Isidoro, y señalándole a Raimunda, que caminaba delante de ellos, le dijo:
—¡Ah! ¿Olvidará ella jamás que yo fui Lupin? ¿Ese pasado, del que ella reniega, lograré yo borrarlo de su recuerdo?
Se dominó, y con obstinada seguridad dijo: