Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —¿Qué…, qué ocurre? ¡Hable!
Sofocada, ya casi sin alientos, Cesarina tartamudeó:
—Hay un hombre…, un hombre en el salón.
—¿El inglés de esta mañana?
—SÃ…, pero ahora disfrazado de otra manera…
—¿La vio a usted?
—No. Vio a la madre de usted. La señora de Valméras le sorprendió cuando él se iba.
—¿Y qué?
—Que él le dijo que buscaba a Luis Valméras, que era amigo suyo.
—¿Y entonces?
—Entonces, la señora le respondió que su hijo estaba de viaje… para algunos años…
—¿Y se marchó?
—No. Hizo unas señales por la ventana que da a la llanura…, como si llamara a alguien.
Lupin pareció titubear. Un grito penetrante desgarró el aire. Raimunda gimió:
—Es tu madre…, yo reconozco…
Lupin se arrojó sobre ella, y, arrastrándola en un impulso de pasión bravÃa, le dijo:
—Ven…, huyamos…, tú primero…
Pero inmediatamente se detuvo, desconcertado, trastornado.