Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —No, no quiero…, es abominable… Perdóname, Raimunda…, aquella pobre mujer… Beautrelet, quédate aquÃ, no la abandones.
Se lanzó a lo largo del talud que rodeaba la granja. Dio vuelta en el recodo y siguió corriendo hasta cerca de la barrera que se abrÃa sobre la llanura… Raimunda, a quien Beautrelet no habÃa podido detener, llegó casi al mismo tiempo que él, y Beautrelet, ocultándose entre los árboles, divisó en la desierta avenida que conducÃa de la granja a la barrera, a tres hombres, uno de los cuales, el más corpulento, avanzaba en cabeza y los otros dos llevaban cargada y sujeta con sus brazos a una mujer que trataba de resistirse y que lanzaba gritos de dolor.
El dÃa comenzaba a declinar. No obstante, Beautrelet pudo reconocer a Sholmes. La mujer era una persona de edad avanzada. Sus cabellos blancos servÃan de marco a su rostro lÃvido. Los cuatro se iban acercando. Llegaron a la barrera. Sholmes abrió la puerta. Entonces, Lupin se adelantó y se plantó ante él.
El choque pareció tanto más terrible cuanto que fue silencioso, casi solemne. Durante largo tiempo, los dos enemigos se midieron con la mirada. Un mismo odio convulsionaba sus rostros. No se movÃan.
Lupin dijo con una calma aterradora:
—Ordena a tus hombres que suelten a esa mujer.
—No.