Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Se hubiera podido creer que uno y otro temían emprender la lucha suprema y que uno y otro estaban acumulando todas sus fuerzas. Y ya no hubo más palabras inútiles, más provocaciones, sino el silencio, un silencio de muerte.

Loca de angustia, Raimunda esperaba el desenlace del duelo. Beautrelet la había sujetado de un brazo y la mantenía inmóvil. Al cabo de unos instantes, Lupin repitió:

—Ordena a tus hombres que suelten a esa mujer.

—No.

Lupin dijo:

—Escucha, Sholmes…

Pero se interrumpió, comprendiendo la inutilidad de las palabras. Frente a aquel coloso de orgullo y de voluntad que se llamaba Sholmes, ¿qué significaban las amenazas?

Decidido a todo, echó bruscamente la mano al bolsillo de su chaqueta. El inglés lo previno, y, saltando hacia su prisionera, le colocó el cañón de su revólver a dos pulgadas de la sien, y dijo:

—No hagas un solo movimiento, Lupin, o disparo.

Al mismo tiempo, sus ayudantes apuntaron sus armas hacia Lupin… Éste se puso rígido, dominó la furia que le agitaba, y fríamente, con las dos manos en sus bolsillos y dando el pecho al enemigo insistió:

—Por tercera vez, deja a esa mujer.


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