Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca El inglés replicó, irónico:
—¡Quizá no haya derecho a tocarla! Vamos, vamos, basta de bromas. Tú ya no te llamas más Valméras de lo que te llamas Lupin; es un nombre que robaste, igual que robaste el nombre de Charmerace. Y ésa que tú haces pasar por tu madre, es Victoria, tu antigua cómplice, la que te crió…
Sholmes cometió un error. Impulsado por su ansia de venganza, miró a Raimunda, a quien esas revelaciones llenaban de horror. Lupin aprovechó tal imprudencia y con un rápido movimiento hizo fuego.
—¡Maldición! —aulló Sholmes, cuyo brazo, perforado por el proyectil, cayó a lo largo de su cuerpo. Y apostrofando a sus hombres, gritó—: ¡Tirad, vosotros! ¡Tirad!
Pero Lupin habÃa saltado sobre ellos y no habÃan transcurrido dos segundos cuando el de la derecha rodaba a tierra con el pecho hundido, mientras el otro, con la mandÃbula rota, caÃa desplomado sobre la barrera.
—Apresúrate, Victoria…, amárralos… Y ahora, vamos a vérnoslas los dos, inglés…
Y se agachó, maldiciendo:
—¡Ah, canalla!…
Sholmes habÃa recogido su arma con la mano izquierda y le apuntaba.