Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Sonó un disparo…, un grito de dolor… Raimunda se habÃa precipitado entre los dos hombres frente al inglés. Se tambaleó, se llevó la mano a la garganta, se irguió, giró sobre sà misma y cayó a los pies de Lupin.
—¡Raimunda!… ¡Raimunda!…
Se arrojó sobre ella y la estrechó contra sÃ.
—¡Muerta! —exclamó.
Se produjo un momento de estupor. Sholmes parecÃa confundido por su acción. Victoria balbucÃa:
—Mi pequeña…, mi pequeña…
Beautrelet se acercó a la joven y se inclinó para examinarla. Lupin repetÃa.
—Muerta…, muerta…
Su tono era reflejo, cual si no comprendiera lo ocurrido.
Pero su rostro se arrugó, se transformó de pronto, invadido de dolor. Luego se sintió agitado por una especie de locura, hacÃa gestos de desvarÃo, se retorcÃa las manos, pateaba como un niño vÃctima de un gran sufrimiento.
—¡Miserable! —gritó de pronto en un acceso de odio.
Y tras una embestida formidable que derribó a Sholmes, le agarró por la garganta y le clavó sus dedos crispados en la carne. El inglés gemÃa, sin siquiera debatirse.