Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Hijo mÃo, hijo mÃo —suplicaba Victoria.
Beautrelet acudió en auxilio del inglés, pero ya Lupin habÃa soltado su presa y, junto a su enemigo tendido en tierra, sollozaba.
Era un espectáculo conmovedor.
La noche comenzaba a cubrir con un velo de sombra el campo de batalla. Los tres ingleses, atados y amordazados, yacÃan sobre la alta hierba. Canciones campesinas mecieron el silencio de la llanura. Eran las gentes de la granja que regresaban del trabajo.
Lupin se incorporó. Escuchó las voces monótonas. Luego contempló la granja feliz, donde habÃa soñado vivir pacÃficamente cerca de Raimunda. Miró a ésta, que dormÃa ya, toda blanca, el sueño eterno.
Los campesinos se acercaban. Entonces, Lupin se inclinó, alzó a la muerta con sus vigorosos brazos y cargó el cadáver doblado en dos sobre su hombro.
—Vámonos, Victoria.
—Vamos, hijo mÃo.
—Adiós, Beautrelet —dijo Lupin.
Y cargado con su preciosa y terrible carga, seguido de su anciana sirvienta, silenciosa, bravÃa, partió hacia el lado del mar y se perdió en las sombras profundas del horizonte.
FIN