Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —¡Oh!, no…; eso no. Esa idea fue mÃa. En el instituto, nosotros hablamos mucho de aventuras misteriosas, y leemos novelas policÃacas en las que los protagonistas se disfrazan. Nos imaginamos un montón de cosas complicadas y terribles. Entonces, yo quise divertirme y me puse una barba postiza. Además, yo tenÃa la ventaja de que me tomaran en serio si me hacÃa pasar por un reportero parisiense. Fue asà como ayer noche, después de más de una semana insignificante de acontecimientos, tuve el gusto de conocer a mi colega de Rouen, y que esta mañana, habiéndome enterado del asunto de Ambrumésy, él me hubiera propuesto con la mayor amabilidad que le acompañara.
Isidoro Beautrelet decÃa todo eso con una franca sencillez, un poco ingenua, de la cual no era posible no percibir el encanto. El propio señor Filleul, aun manteniendo una desafiadora reserva, escuchaba con agrado.
Con un tono menos brusco, le preguntó.
—¿Y está usted satisfecho de su expedición?
—¡Encantado! Nunca habÃa asistido a un asunto de este género, y éste no carece de interés.
—Ni de complicaciones misteriosas de las que usted aprecia tanto.
—¡Y que son tan apasionantes! No conozco ninguna emoción mayor que el ver cómo todos los hechos salen de la sombra, se agrupan unos con otros y forman poco a poco la verdad probable.