Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —¡La verdad probable! ¡Adónde va usted con tanta prisa! ¿Eso quiere decir que usted tiene ya lista su solucioncita?
—¡Oh!, no… —replicó Beautrelet, riendo—. Solamente que… me parece que existen ciertos puntos sobre los que no serÃa imposible el formarse una opinión, e incluso otros que resultan de tal modo precisos, que basta con formular una conclusión.
—¡Ah!, eso resulta muy curioso, y ahora, al fin, voy a saber algo. Porque, le confieso con la mayor vergüenza: yo no sé nada.
—Es que usted no ha tenido tiempo para reflexionar, señor juez de instrucción. Lo esencial es reflexionar. Resulta tan raro que los hechos no lleven en sà mismos su propia explicación… ¿No es usted de la misma opinión? En todo caso, yo no he comprobado más que aquellos que están consignados en el proceso verbal.
—¡Maravilloso! De modo que si yo le preguntara a usted cuáles fueron los objetos robados en este salón, ¿qué me responderÃa?
—Le responderÃa que yo sé cuáles son esos objetos.
—¡MagnÃfico! Este señor sabe más de eso que el mismo propietario. El señor de Gesvres lleva su cuenta. El señor Beautrelet no lleva la suya. Le falta una biblioteca y una estatua en las que nadie se habÃa fijado antes. ¿Y si yo le preguntara el nombre del asesino?