Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Le responderÃa igualmente que yo lo sé.
Se produjo un sobresalto entre todos los presentes. El fiscal suplente y el periodista se acercaron más. El señor de Gesvres y las dos jóvenes escuchaban con atención, impresionadas por la seguridad de que daba muestras Beautrelet.
—¿Usted sabe el nombre del asesino?
—SÃ.
—¿Y quizá también el lugar dónde se encuentra?
—SÃ.
El señor Filleul se frotó las manos, y replico:
—¡Qué suerte! Esta captura va a constituir el hecho más honroso de mi carrera. ¿Y puede usted hacerme esas revelaciones fulminantes?
—Ahora mismo, si… O bien, si no ve usted ningún inconveniente, dentro de una hora o dos, cuando ya haya asistido yo a la investigación que usted lleva a cabo.
—No…, no…, inmediatamente, joven…
En este momento, Raimunda de Saint-Véran, que desde el comienzo de esta escena no habÃa apartado su mirada de Isidoro Beautrelet, se adelantó hacia le señor Filleul, y le dijo:
—Señor juez de instrucción…
—¿Qué desea usted, señorita?