Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca La joven dudó unos segundos, con los ojos fijos en Beautrelet, y luego, dirigiéndose al señor Filleul, dijo:
—Le ruego a usted que le pregunte a este señor la razón por la cual él se paseaba ayer por el camino hondo que conduce a la pequeña puerta.
Fue un golpe teatral. Isidoro Beautrelet pareció desconcertado.
—¿Yo, señorita? ¿Yo? ¿Me vio usted ayer?
Raimunda se quedó pensativa, con sus ojos siempre fijos en Beautrelet, cual si tratara de confirmar a fondo su convicción, y con voz tranquila manifestó:
—Me crucé en el camino hondo, a las cuatro de la tarde, cuando yo atravesaba el bosque, con un hombre joven, de la estatura de este señor, vestido como él y que llevaba la barba cortada como la suya…, y tuve la impresión de que trataba de ocultarse.
—¿Y era yo?
—Me serÃa imposible afirmarlo de una manera absoluta, pues mi recuerdo es un poco vago. No obstante…, no obstante…, me parece ser asÃ…; de lo contrario, la semejanza serÃa extraña…
El señor Filleul estaba perplejo. Después de haber sido burlado ya por uno de los cómplices, ¿iba a permitir que se la jugara también éste que se decÃa estudiante?
—¿Qué tiene usted que responder a eso, señor?