Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Que la señorita se equivoca y que me es fácil demostrarlo. Ayer, a esa hora, yo me encontraba en Veules.
—Tendrá que probarlo, tendrá que probarlo. En todo caso, la situación ya no es la misma. Brigadier, que uno de sus hombres vigile a este señor.
En el rostro de Isidoro Beautrelet se reflejó una viva contrariedad.
—¿Y será por mucho tiempo? —preguntó.
—Durante el tiempo preciso para reunir las informaciones necesarias.
—Señor juez de instrucción, le suplico que las reúna con la mayor rapidez posible…
—¿Por qué?
—Mi padre es viejo. Nos queremos mucho… y yo no quisiera que él sufra por mÃ.
El tono lagrimeante de la voz desagradó al señor Filleul. Aquél daba la sensación de una escena de melodrama. Sin embargo, respondió:
—Esta noche…, mañana lo más tarde, ya sabré yo a qué atenerme.