Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Absolutamente. ¡Ah!, sin embargo, pongo una pequeñÃsima condición. Usted comprende que yo no puedo poner en libertad a un señor que administra narcóticos, que se evade por las ventanas y al que luego detienen en flagrante delito de vagabundeo dentro de propiedades privadas, sin que a cambio de esta libertad yo obtenga una compensación.
—Yo espero lo que usted diga.
—Pues bien: nosotros vamos a reanudar nuestra interrumpida conversación, y usted va a decirme adónde ha llegado en sus investigaciones… En dos dÃas que lleva gozando de libertad, usted debe de haber llegado muy lejos en ellas.
Ganimard se disponÃa a marcharse con un afectado desdén hacia aquella escena, pero el juez le dijo:
—No, no, señor inspector, su lugar está aquÃ… Yo le aseguro que al señor Isidoro Beautrelet vale la pena que se le escuche. Según mis informes, el señor Beautrelet se ha creado en el instituto Janson-de-Sailly una fama de observador al cual nada puede pasarle inadvertido, y, según me han dicho, sus condiscÃpulos le consideran como el emulo de usted, como el rival de Herlock Sholmes.
—¡De veras! —exclamó Ganimard con ironÃa.
—Exactamente. Uno de esos condiscÃpulos me ha escrito diciendo: