Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca «Si Beautrelet declara que sabe, es preciso creerlo, y lo que él diga no dude que será la expresión exacta de la verdad».
Isidoro escuchaba, sonriendo, y dijo:
—Señor juez, usted es cruel. Usted se burla de unos pobres colegiales que se divierten como pueden. Por lo demás, tiene usted razón, y yo no le proporcionare más motivos para mofarse de mÃ.
—Lo que ocurre es que usted no sabe nada, señor Beautrelet.
—Confieso, en efecto, muy humildemente, que no sé nada. Porque no llamo «saber algo» al descubrimiento de tres o cuatro puntos más precisos que, por lo demás, no han podido, estoy seguro, escapar a la observación de usted.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, el objeto del robo.
—¡Ah!; decididamente, ¿conoce usted el objeto del robo?
—Como también lo sabe usted, no lo dudo. Es, incluso, lo primero que yo he estudiado, pues esa tarea me parecÃa la más fácil.
—¿Era verdaderamente la más fácil?
—¡Dios mÃo! SÃ. Se trata, cuando más, de formular un razonamiento.
—¿Y nada más?
—Nada más.